La habitación 304

Traspaso la puerta y, como una bofetada, me golpea la primera impresión. Es una sala muy grande y espaciosa llena de ancianos. Unos juegan al ajedrez; otros intentan levantarse de sus sillas, haciendo esfuerzos vanos e inútiles; algunos caminan hacia la puerta que da al jardín con una rapidez insólita para su edad; los demás, simplemente sestean.

veritas veritae - habitacion 304 - El CuartetoReacciono despacio, pero una vez repuesta me encamino hacia una de las enfermeras para encontrar la habitación 304. Siguiendo sus indicaciones sin perderme. Llego y abro la puerta. Dentro hay dos camas, la más cercana es la de mi abuelo. Adentrándome, me doy cuenta de que el segundo inquilino está presente. Mira por la ventana sentado en una silla de ruedas. Tiene una mirada profunda y penetrante, pero irradia tristeza. Sin dejar de mirar al horizonte, sus ojos lagrimeaban.

Apartando la vista de aquel infeliz anciano, saludo a mi abuelo y rápidamente entablamos conversación. Está cansado y dolorido tras la operación: apenas puede moverse. Sin embargo, sonríe. Al preguntarle el por qué me contesta que nada le hace más feliz que recibir nuestras frecuentes visitas. “Me alegro de que al fin hayas venido; pensaba que te habías olvidado de mí“, me dice.

Conversamos de cosas triviales, sé que eso era exactamente lo que él necesitaba. Al cabo de un rato, me doy cuenta de que el compañero de mi abuelo sigue mirando por la ventana. Mi abuelo me explica que su familia lo internó en la residencia por no poder hacerse cargo de él debido a sus impedimentos físicos. Desde que comparten la habitación, no ha logrado que pronuncie palabra alguna. Nadie lo visitaba jamás.

veritas veritae - habitacion 304

Afligida por la triste historia me acerco a él y le hago señas para que juegue con nosotros al parchís. Me mira, pero su rostro sigue sin mostrar emociones. Pasados unos segundos, gira la cabeza hacia la ventana.

Comienzo a visitarles todos los días después de clase y siempre le dedico unos minutos al otro anciano, para que deje la ventana y se nos una. Pero se mantiene firme en su postura. Aún así, no dejo nunca de proponérselo.

Un buen día, por fin, se anima a jugar al ajedrez con mi abuelo. Con el tiempo descubrimos que es la mar de simpático. No habla, pues hace ya tiempo que se quedó sin voz, pero se ríe silenciosamente con frecuencia.

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Hoy vuelvo a la residencia, abro la puerta de la habitación 304 y encuentro una de las camas vacías. Ni siquiera tiene las sábanas puestas. Mi abuelo murió, pero no vengo a recordarle sino porque tengo una partida de ajedrez pendiente.

Lo encuentro, como siempre, mirando por la ventana, intentando descifrar el sentido de la vida. Sin embargo, al percibirme vuelve la cabeza y me sonríe. Mientras jugamos, le cuento mis cosas y él ríe. Le dirijo un pequeño pensamiento a mi abuelo. Si no fuera por él, su compañero de habitación seguiría lamentándose en silencio, preso en una residencia para gente mayor.

En camnio, ahora juega al ajedrez con una persona que lo quiere de veras, soltando mudas carcajadas que inundan mi corazón.

By: María Ros

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