Dulce inocencia

Está sentada en las escaleras con los brazos apoyados en sus rodillas y las manos soportando su pequeña cabecita. Sus oscuros rizos caen sobre su espalda como una gran cascada de agua. Su cara está impregnada de pecas rebeldes que destacan sobre su piel blanca.

Entorna los ojos para evitar la luz del sol. Al final se rinde y cierra totalmente los párpados. Su cara de concentración da a entender que acaba de sumergirse en su mundo de fantasía para poder soñar lo que se le antoje.

Veritas veritae - Dulce Inocencia

Sonríe por algo que solo ella conoce y sus tiernos labios curvados provocan otra sonrisa en mi cara. La miro y no ceso de sonreír. De pronto aparece una mujer de pelo cobrizo. La llama y le hace señas para que la siga. La pequeña abre los ojos repentinamente y dando un ligero brinco corre hacia ella y se echa en sus brazos. Las dos ríen y bromean. Se quieren. Debe de ser su madre.

Deja a la niña en el suelo y se agacha. Abre con cuidado su bolso rojo y saca de él una pequeña caja de terciopelo. Sus ojos brillan al coger el colgante que hay en ella y una sonrisa profunda cruza su cara cuando su madre se lo pone. Lo admira y poniéndose de puntillas le da un beso en la mejilla, agradeciéndole el presente. Desde aquí las observo medio escondida. Cada tarde veo a la pequeña desde los matorrales del parque. Al principio solo quería pasear. Al encontrarla allí siempre mi propósito cambió.

Veritas veritae - Dulce Inocencia

Cierro los ojos e intento penetrar en ese mundo que provoca la sonrisa de esa pequeñuela cada tarde. Noto como me azota en las mejillas esa suave brisa primaveral. El dulce aroma de las flores penetra en mí recorriendo mi cuerpo de arriba a abajo provocándome un ligero escalofrío de placer. Oigo el susurro de las hojas al chocar unas con otras. Me dejo llevar por el increíble y apasionante mundo de la imaginación.

De pronto una mano contra mi hombro me hace volver a la realidad. Despierto y veo frente a mi una melena de rizos oscuros y una gigantesca sonrisa en medio de un millar de diminutas pecas. Extiende su mano y me da una flor. Al cogerla sale corriendo y cruza la calle. Allí se reencuentra con su madre. Le coge la mano y desaparecen tras la esquina.

Miro la flor y sonrío. Es amarilla. La pongo en mi pelo y le doy las gracias en silencio.

By: María Ros

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