El avión de la bella durmiente

Siguió con la vista fija en la pantalla de la computadora y me preguntó qué vuelo cogía. Le respondí que tenía una reserva para Madrid. Cogí el billete y me dirigí a la puerta correspondiente. Me acomodé en mi butaca y me dispuse a dormir. Mientras mis párpados se entrecerraban pude atisbar una larga melena lisa, color azabache ondeando al compás de unos pasos adornados con zapatos color bugambilia.

[…]

Me saqué la chaqueta de lince mientras corría apresurada por temor a perder el vuelo. Era imprescindible llegar a la capital antes de medianoche. Frené de golpe delante de la puerta D. La azafata comprobó los datos y me dejó pasar. En esos escasos segundos un intenso calor comenzó a aflorar en mi rostro trasluciendo el rubor en mis mejillas. El sofoco me agobiaba.

Entré en el gigantesco pájaro de metal procurando no chocar con los demás pasajeros. Me dispuse a instalarme, pero de pronto mis ojos coincidieron con otros castaños. Los había visto en alguna parte, no recordaba dónde, sin embargo era imposible olvidarlos. Desprendían cierto aire de calidez, de sinceridad. Por un instante, breve y efímero, disfruté de la expresión soñolienta de aquél pasajero. Dentro de mi empezó a surgir la esperanza de llegar a conocerlo.

[…]

Esperé a que se sentara y entonces abrí disimuladamente los ojos. La veía por el rabillo del ojo. Sus mejillas me revelaban que debía haber estado corriendo, seguramente para no perder el vuelo. Interiormente me alegré del esfuerzo que debería haberle supuesto, pues ahora yo podría disfrutar desde primera fila de su belleza.

Tenía los ojos cerrados, intentaba dormir. Aún así se mostraba inquieta, no cesaba de removerse en su asiento. Me hubiera gustado saber que la preocupaba de ese modo, consolarla, asegurarle que nada malo podía sucederle mientras yo estuviera allí. Pero la timidez me lo impedía. Seguí observándola. Al fin logró dormirse. Tenía el aspecto de alguien que ha sufrido más de lo que se puede soportar. Aunque allí, en un avión con destino a Barajas, parecía una bella princesa acurrucada por el ronroneo de los gigantescos motores del aparato.

Veritas Veritae - El avión de la bella durmiente
By: María Ros

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