Mi plaza

Son las cinco de la tarde, el sol pega con fuerza. Hace calor, a pesar de estar a mediados de octubre, la plaza está en plena ebullición. Aparecen muchos cochecitos empujados con parsimonia por padres que, al fin, encuentran un poco de descanso de la intensa jornada laboral.

Mientras, el resto de los retoños corren a reunirse. Unos se conocen, otros no, pero eso a los pequeños poco parece importarles. Se juntan para jugar y ya no hay quien los haga volver a casa. Los progenitores se sientan en los bancos que están estratégicamente situados. De este modo conversan mientras controlan a sus hijos.

Veritas Veritae - Mi plaza

Un día como el de hoy, las terrazas de los bares están repletas. Encontramos a las abuelitas que han conseguido salir de sus nidos para disfrutar de la intensa actividad que encuentran en el mundo exterior. Cerca se ha sentado un grupo considerable de chiquillas. Deben de tener unos catorce años.

Hoy no hay colegio pero visten de uniforme. Todas llevan un modelito parecido: “shorts”, que más bien parecen un cinturón, una camiseta con la que dejan entrever la mitad de la barriga, melena al viento y una capa muy gruesa de maquillaje. Son tremendamente escandalosas. Sin embargo a nadie parece importarle pues cada uno disfruta de su momento.

Veritas Veritae - Mi plaza

Al otro lado de la plaza, en un rincón un tanto apartado de la muchedumbre, puedo vislumbrar a un par de enamorados. Están en un banco, uno junto al otro, refugiados bajo la sombra de un gran ciprés.

Ella habla con entusiasmo, él la mira y sonríe, le gusta. De pronto noto algo entre mis pies. Miro hacia abajo y distingo un pequeño perrito. Es como un felpudo. Sigo la correa con la mirada y me lleva directa a una cara conocida. Me sonríe. Se acerca y me saluda disculpándose por su perro.

Mi corazón late demasiado fuerte, creo que lo va a oír. Se sienta a mi lado y empezamos a charlar. Ya no puedo ver nada más. Los niños que juegan, los ancianos, las adolescentes, los cochecitos, etc., han desaparecido, todo está borroso. Solo estamos él y yo. Nunca antes me había sentido tan a gusto en la plaza de mi pueblo.

By: María Ros

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