Jugando con fuego

La noche ha caído y lo único que los separa de una oscuridad absoluta es la hoguera que se levanta imponente justo en medio de todos ellos. Sin ella estarían perdidos.

Las olas se mecen tranquilas hasta la orilla y regresan a su pacífico cauce, allá en el horizonte, dónde se confunde la negrura del cielo con la espesura de las aguas en noche cerrada. Algunos puntos luminosos decoran el cielo, pero a penas se distinguen tras haber fijado la vista en el fuego.

El jolgorio de su alrededor no la distrae de lo único que reclama verdaderamente su atención. Ni siquiera esos intensos ojos verdes que la observan desde hace horas desde el otro lado de la hoguera. No.

Está completa y absolutamente fascinada por el epicentro de todo.

Fuego. Llamas, calor. Su subconsciente la alerta, le dice que se aleje. Su raciocinio le advierte de nuevo: “¡Aléjate estúpida, vas a quemarte!”. Pero claro, no puede. Es inevitable. Su incesante crepitar parece una dulce balada para sus oídos e incomprensiblemente la hace sentir segura. No sabe por qué pero la atrae.

Le gusta ese riesgo. De hecho, por algún extraño motivo de la vida que no logra entender, quiere más. Se muerde el labio, la idea de estar más cerca empieza a obsesionarla.

Las traicioneras llamas invocan su nombre, como un encantador de serpientes. Entorna los ojos y casi puede ver como las siluetas rojizas vocalizan cada una de las letras. Tan brillantes, chispean y la hipnotizan. No existe nada más que ese brillo. Cada vez lo siente más de cerca. Casi puede sentir su calor. Se le eriza el bello de los brazos y un escalofrío la recorre entera. Cierra los ojos.

hoguera

Pone las manos sobre la fría arena y el cambio de temperatura la despierta de golpe. Un estremecimiento la hace temblar. Fija de nuevo la vista en la reverberación de las llamas. Sin poder evitarlo hinca las rodillas y se balancea hacia delante. Los ojos le queman. Los achica para protegerse, pero no parece importarle.

En un recóndito recoveco de su cabeza, su cerebro activa una alarma. Pero es tan débil y tan poco atractiva… prefiere el fuego. Sabe que se quemará, es consciente de que le dolerá después. Pero vale la pena experimentar la adrenalina que le recorre el cuerpo a medida que se va acercando al peligro.

Luego tendrá que ir a lamerse las heridas del corazón, asustada. Pero ahora obvia ese incierto futuro con una sacudida de cabeza. No puede evitarlo. El riesgo lo merece. Porque la hace sentir viva, la hace despertar todos los sentidos. Su entumecida cabeza se despereza y se pone en marcha. Nunca antes se había sentido tan viva. Nunca. Y no va a dejar pasar la oportunidad.

Riesgo. Fuego. Quemaduras. Vida.

Resulta irónico que estar tan cerca del abismo sea a la vez tan excitante y tan placentero. Ese debe ser el mayor atractivo del peligro. Su olor a adrenalina. Las heridas que produce provienen del riesgo, pero nos recuerdan que estamos vivos.

Nos despiertan.

Despertamos del desasosiego. Despertamos a la vida. Despertamos al peligro. Renacemos.

By: María Ros

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5 pensamientos en “Jugando con fuego

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